Cambiando de gafas
Reflexiones

Que el «tengo que» no mate al «quiero»

¿Cuántas veces te escuchas decir frases que empiezan con la expresión «tengo que…»?
“tengo que terminar el informe esta noche”
“tengo que quedar con mi amigo”
“tengo que hacer la comida”
Llevo un tiempo fijándome en el uso que yo doy a esas palabras, y en el uso que hacen en mi entorno. Y he llegado a la conclusión de que demasiadas veces utilizamos el “tengo que” de una manera equivocada, que acaba generándonos malestar. Todo, por no pararnos a pensar qué hay detrás de ellas…
No digo que tengamos que eliminar esa expresión de nuestro lenguaje. La verdad es que sonaría raro decir “quiero ir a por mis hijos al colegio…”. Solo propongo que le demos una vuelta a cómo la usamos, a qué sentimos cuando la usamos, y que pensemos si queremos hacer algo con ello.
¿Qué está pasando en nuestra mente cuando decimos “tengo que”?
Puede darse la situación de que nos guste hacer una tarea, pero elijamos posicionarnos en el rol de víctima. Es como si nos avergonzase siquiera plantearnos que eso, que a priori es una carga, nos gusta.
En mi caso me pasaba con la cocina. Durante mucho tiempo decía “tengo que hacer la comida”, y lo decía con el sentido de obligación, de “estoy dejando de hacer otras cosas porque TENGO QUE hacer la comida”. Hasta que un día me di cuenta de que a mí me gusta mucho cocinar. No elegiría dejar de cocinar si tuviese la oportunidad…
Desde entonces intento evitar la expresión y decir simplemente “voy a hacer la comida”, pero incluso usando el “tengo que”, ya no lo siento como una carga, porque la emoción que hay detrás es que estoy haciendo algo que me gusta. 
Otra circunstancia es esa en la que decidimos hacer algo, que a lo mejor no nos apetece, pero que nos lleva a conseguir un objetivo que sí buscamos. Por ejemplo “tengo que hacer las maletas!”. Es algo que a mí no me gusta nada. Pero es algo que yo he decidido hacer porque lo necesito para irme a un viaje…
Y este ejemplo es muy evidente, pero hay muchas situaciones en las que no somos capaces de ver el objetivo y nos quedamos en la tarea que “tenemos que hacer” y que no queremos hacer. Lo que nos genera malestar, cabreo, etc.
En esos casos tenemos que pensar “A ver… ¿Tengo que hacerlo de verdad? ¿Qué pasaría si no lo hiciese? ¿Qué quiero conseguir realmente con esto que tengo que hacer?» Si nos hacemos estas preguntas puede ser que descubramos que queremos hacer ese informe para demostrar a nuestro jefe que estamos capacitados para asumir esa nueva responsabilidad que estamos buscando. Podríamos no hacerlo, pero queremos hacerlo… ¿Se entiende?
Y hay una tercera situación, que me parece la más importante. Es esa en la que decidimos ayudar a alguien a quien queremos. Un amigo, un familiar,… Pero no nos permitimos reconocer que lo hacemos porque queremos. Nos anclamos en el “tengo que hacerlo”.
«Tengo que ir a buscar a mi hermana al aeropuerto.»
«Tengo que acompañar a mi prima al hospital.»
«Tengo que ayudar a mi amiga a preparar el examen.»
Puede darse el caso de que nos pidan algo, que no queramos hacer y que nos sintamos obligados. Vale. No voy por ahí. Voy por esas situaciones en las que sin que nos lo pidan (o pidiéndonoslo) elegimos hacerlo. Queremos hacerlo.
En esas circunstancias lo que de verdad está pasando es que decidimos ayudar porque eso nos hace sentirnos mejor, o porque sabemos que es importante para esa persona, o porque creemos que nuestra ayuda puede significar una diferencia, o porque nos importa su bienestar,… por lo que sea. Pero decidimos hacerlo.
Por amor, por generosidad, por respeto… por alguna razón, decidimos hacer algo en lugar de no hacerlo. Y, por alguna extraña razón, que no acierto a identificar, no nos gusta reconocer nuestra generosidad, no nos permitimos sentir la felicidad que uno siente al ayudar a otro. Al contrario, lo que hacemos es sentir el peso de la responsabilidad, decirnos “tengo que hacerlo”, “no tenía otra opción” y no nos permitimos sentir la felicidad que se esconde detrás de eso. No permitimos que nos lo agradezcan. Porque cuando uno siente que algo es su obligación no se siente en el derecho de recibir agradecimiento…
No te confundas. Tenías otra alternativa, sí. Podías no hacerlo. Y quizá no hacerlo te haría sentir mal. Y elegiste hacerlo. Quisiste hacerlo.
Por eso, el título de este post es “que el «tengo que» no mate al «quiero»”. Porque cuando hacemos las cosas porque queremos, desaparecen esas cargas, esos enfados, esos malestares. Porque cuando hacemos algo porque queremos, y nos permitimos ver las consecuencias que ello tiene, entonces podemos sentir la felicidad que se escode ahí detrás.

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