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Tenerle miedo al miedo
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Tenerle miedo al miedo

Seguro que a todos, de pequeños, nos han dicho en más de una ocasión «¡no tengas miedo!». Probablemente, todos los que somos padres se lo hemos dicho a nuestros hijos en más de una ocasión. Con la buena intención de ayudarles a superar ese miedo, a que vean que no tienen nada que temer.

Y sin embargo, no estamos siendo conscientes de que con esa simple frase lo que hacemos es transmitirles que no es lícito sentir miedo, que hay que aprender a no tenerlo… Cuando lo que deberíamos hacer es legitimarlo, como a todas las emociones que sentimos en algún momento, porque todas nos aportan algo. Y el miedo también aporta. Tiene un mensaje para nosotros. No debemos ignorarlo.

->Puedes seguir leyendo el post o escucharlo en la plataforma ivoox dando a play en el siguiente enlace:

¿Sabrías decir ahora mismo 3 cosas de las que tienes miedo? Le he hecho esta pregunta a varias personas estos días y la respuesta mayoritaria ha sido que no sabían, que creían que no tenían miedo de nada. Alguno me ha dicho que a que sus padres se contagien de COVID-19, pero poco más.

¿Cuándo fue la última vez que verbalizaste «tengo miedo»? Y en las conversaciones en las que se ha dicho, ¿cuánto han tardado los demás en decir «¡No tengas miedo, que todo va a salir bien!»?.

No hacerle caso, no escuchar a nuestro cuerpo cuando nos lanza un mensaje de miedo puede llegar a provocar un bloqueo o llevarnos a situaciones de estrés o de ansiedad sin que sepamos (o queramos) reconocer el origen.

Entonces, si no debemos negar el miedo, ¿qué debemos hacer con él?. Pues como con todas las emociones, aprender a gestionarlo.

Quizás conoces algo sobre gestión emocional, y en ese caso poco más te voy a aportar que recordarte que hay que gestionar las emociones. Pero por si acaso, aquí te dejo las fases de la gestión emocional aplicadas al miedo:

El primer paso es reconocer en nosotros esa emoción. Tomar conciencia de ella y llamarla por su nombre. Miedo. Porque caemos a menudo en la tentación de camuflarla detrás del enfado o de la tristeza… Decimos a menudo que estamos preocupados, que es una forma de miedo, pero no queremos llamarlo así.

Sentimos miedo cuando percibimos una amenaza, un peligro de perder algo o alguien que valoramos. Ese algo puede ser la seguridad, un puesto de trabajo, la salud, el reconocimiento…

El segundo paso es aceptarlo. «Tengo miedo». Y verbalizarlo, sin que ello nos haga sentirnos mal, porque como el resto de las emociones, el miedo nos está indicando algo.

El miedo nos habla de lo que nos importa. Nos habla de un posible peligro. Y aceptarlo nos lleva a buscar los recursos que tenemos en nuestras manos para evitar ese peligro. Si la especie humana no hubiese llevado en su ADN el miedo como emoción básica, se habría extinguido hace mucho.

Debemos desechar la idea de que tener miedo es de cobardes. Al contrario, el que no se atreve a sentirlo, el que tiene miedo al miedo, ese es el cobarde. El valiente es el que acepta que tiene miedo, identifica qué recursos están a su alcance para superarlo, y no duda en pedir ayuda en caso de que sea necesario…

Una vez lo hemos reconocido y aceptado, llega el tercer paso: regular la intensidad de ese miedo, porque puede quedarse en una pequeña preocupación o incertidumbre, o desbordarnos y llegar al estrés, la ansiedad, el terror o en su caso más extremo a la fobia o al pánico.

¿Y cómo podemos regular esa intensidad? Lo primero, siendo conscientes de no podemos tener todo controlado, porque casi siempre hay aspectos que se escapan de nuestro alcance. Hay que reconocer esto y dejar espacio para esa incertidumbre. Lo segundo dándonos el permiso para pedir ayuda si creemos que nosotros solos no podemos superar esa situación.

El cuarto paso es indagar en ese miedo. ¿Cuál es el verdadero origen? ¿Qué te hace pensar que eso puede ocurrir? ¿Qué probabilidades hay de que ocurra? ¿Se te ocurre cómo reducir la probabilidad de que ocurra? ¿Has sentido ese miedo en el pasado? ¿Qué ocurrió entonces? ¿Puedes pedir más información para valorar con más claridad la amenaza? Cuanta más información obtengas, mejor lidiarás con ese miedo.

En esta fase considero que lo más importantes es identificar si se trata de un miedo a algo real o es fruto de un peligro que está solo en nuestra cabeza. Algo que no siempre es fácil de descifrar.

Y el último paso es actuar. Coger el toro por los cuernos y dar el paso. Me gusta esta frase que oí en algún momento «si tienes miedo, hazlo con miedo«. Con los recursos de los que dispones, con la ayuda que creas que puede ser útil, barajando pros y contras, con responsabilidad, pero hazlo.

No serás temerario, porque el miedo te habrá ayudado a tomar conciencia de todo lo que debes tener en cuenta. Te habrá ayudado a poner en juego todos los recursos que necesitas para avanzar.

Y una vez hayamos empezado a caminar con nuestro miedo, toca ser compasivos con nosotros, y aceptar lo que esté por venir. Dejar espacio a lo que no está en nuestras manos. Aceptarlo.

No puedo terminar este post sin compartir con vosotros una poesía de Raymond Carver que descubrí hace unos días, que me conecta mucho con nuestra humanidad y la certeza de que todos, sin excepción, sentimos miedo, incluso los que dicen que no tienen miedo, porque ellos quizás tienen miedo al miedo.

Miedo de ver una patrulla policial detenerse frente a la casa. 

Miedo de quedarme dormido durante la noche.

Miedo de no poder dormir. 

Miedo de que el pasado regrese. 

Miedo de que el presente tome vuelo. 

Miedo del teléfono que suena en el silencio de la noche muerta. 

Miedo a las tormentas eléctricas. 

Miedo de la mujer de servicio que tiene una cicatriz en la mejilla.

Miedo a los perros aunque me digan que no muerden.

¡Miedo a la ansiedad!

Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.

Miedo de quedarme sin dinero.

Miedo de tener mucho, aunque sea difícil de creer.  

Miedo a los perfiles psicológicos.

Miedo a llegar tarde y de llegar antes que cualquiera.

Miedo a ver la escritura de mis hijos en la cubierta de un sobre.

Miedo a verlos morir antes que yo, y me sienta culpable.

Miedo a tener que vivir con mi madre durante su vejez, y la mía.

Miedo a la confusión. 

Miedo a que este día termine con una nota triste. 

Miedo a despertarme y ver que te has ido.

Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado.

Miedo a que lo que ame sea letal para aquellos que amo.

Miedo a la muerte. 

Miedo a vivir demasiado tiempo. 

Miedo a la muerte. 

Ya dije eso. 

Espero que te haya hecho reflexionar sobre tus miedos y te hayas reconciliado, si era necesario, con esa emoción.

Photo by Kunj Parekh for Unsplash

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